El Egipto Islamico

“Quien no haya visto El Cairo no ha visto la magnitud del Islam, pues ella es la capital del mundo, el jardín del orbe, la asamblea de las naciones, el comienzo de la tierra, el origen del hombre, el iwan del Islam y el trono del reino.”

De esta manera se expresaba el historiador árabe Ibn Jaldun para explicar que Egipto representaba el eje fundamental sobre el que, en distintas épocas, giraron los acontecimientos históricos más destacados.

Los árabes, como las naciones que les representan, eran conscientes de la importancia política y económica de Egipto como centro de comercio internacional. Este hecho impulsó al general Amr Ibn al-As a solicitar el permiso del califa Umar Ibn al-Jattab para conquistar el país. En el año 639, Amr avanza con su ejército, procedente de Palestina, en dirección a Egipto, y conquista al-Arich, al-Farama (cerca de Port Said) y Bilbays. Más tarde, somete la fortaleza de Babilonia, al sur de El Cairo actual, a un asedio que se prolongó siete meses, y al término de los cuales el patriarca melkita y gobernador de Egipto, Cyrus solicitó negociar con los musulmanes, que entraron victoriosos en la fortificación.

Conquistada la ciudad de Alejandría, capital del país hasta entonces, Amr Ibn al-As funda en el año 641 la ciudad de Fustat, primera capital islámica de África, que permanecerá como tal hasta la fundación de al-Askar por los abbasíes. La nueva capital de Egipto, Fustat, fue construida sobre el emplazamiento de la fortaleza romana de Babilonia, cuya situación geográfica, en una posición clave entre el Alto y el Bajo Egipto y sobre la ruta hacia el mar Rojo, era más idónea que la de la célebre Alejandría.

Conviene señalar que el ejército de Amr no solo no encontró oposición por parte de los habitantes de Egipto, que ya habían sufrido la tiranía de bizantinos y persas, sino que contó con el apoyo que el patriarca Benjamin I (622-661) había solicitado de sus compatriotas para las tropas musulmanas. Como señala el historiador Thomas Arnold, la conquista islámica de Egipto aportó a sus habitantes la libertad religiosa de la que no disfrutaban desde hacía más de un siglo. Al principio, las conversiones al Islam se produjeron de manera muy limitada. Después disminuyeron los impuestos de los nuevos convertidos, y los egipcios se animaron a abandonar su religión y tradiciones; pronto un gran número de ellos abrazó el Islam.

El país se alinea bajo el estandarte del Estado Islámico y permanece como una provincia dependiente del califato, cuya sede se estableció primero en Medina, luego en Damasco, en la época omeya y después en Bagdad, en la época abbasí, hasta que Ahmad Ibn Tulun proclama la independencia de Egipto e instaura el Estado tuluní. Su reino (868-884) fue, en conjunto, un período de paz y prosperidad. Reclutó un nuevo ejército (principalmente formado por griegos y esclavos negros) para afianzar su poder y, en el año 870, al norte de la vieja Fustat, funda una nueva ciudad, al-Qata’i’. Provista de una mezquita aljama, conocida hasta nuestros días por el nombre de mezquita Ibn Tulun, y del palacio de gobierno, la instaura como capital de su reino. Al establecer su autoridad, Ibn Tulun retrió a los califas abbasíes la responsabilidad de la defensa, hecho que consolidó la legitimidad y el prestigio de su régimen. Aunque admintió la dependencia consitucional que legitimaba su poder en las fronteras de Egipto –delimitadas por los montes del Taurus y el Éufrates, incluyendo Alepo, Antioquía y toda la parte septentrional de Siria-, mantuvo la independencia política y financiera. Más tarde, en el año 934, Muhammad Ibn Tugg al-Ijchid proclama su independencia e instaura el Estado ijchidí, pero sus ambiciones políticas se limitaron a gobernar Palestina y Damasco, manteniéndose en buenos términos con los señores del norte de Sira.

En el año 358/969, después de varias campañas fracasadas, Egipto se convierte finalmente en sede del califato fatimí, tras la invasión y conquista del país por Gawhar al-Siqilli (el Siciliano), general del califa al-Mu’izz li-Din Allah. Inmediatamente después de conseguir la victoria y por encargo del califa, Gawhar al-Siqilli funda la capital de los fatimíes al-Qahira (El Cairo), “La Victoriosa”. Al darle este nombre, al-Mu’izz quiso que por su esplendor apareciese ante las capitales del Egipto islámico que la precedieron (Fustat, al-Askar y al-Qata’i) como la única vencedora.

La ciudad de El Cairo, de nueva fundación, se construye en un cuadrado de unos 1200 m. De lado, atravesado por un eje principal norte-sur. Rápidamente y por vez primera toma aspecto de ciudad fortificada; al oeste, una muralla de adobe linda con al-jalig (el canal) que sirve de foso, y el recinto cuenta con ocho puertas, dos en cada uno de sus flancos. Tiene dos mezquitas (al norte la de al-Hakim y al sur la de al-Azhar), viviendas, las residencias de los príncipes y de la clase diligente y todas las instituciones religiosas y civiles necesarias. Algunos de estos edificios perduran en la actualidad y dan testimonio del grado de desarrollo alcanzado por la arquitectura y las artes decorativas en aquella época. Entre los monumentos fatimíes más importantes que siguen existiendo en El Cairo están la mezquita aljama al Azhar , la mezquita de al-Hakim bi-Amr Allah, los mausoleos de al-Sap’a Banat, el santuario de al –Yuyuchi, la mezquita al-Aqmar, el santuario de al-Sayyida Ruqayya y la mezquita de Salih Tala’i Ibn Ruzayq. Asimismo, repartidas por los museos del mundo se encuentran numerosas obras de arte de esta época adquiridas con gran interés por los peregrinos europeos que se dirigían a Jerusalén y llevadas a sus países. Aún hoy en día se pueden ver en Palermo (Sicilia) –que dependía del poder fatimí-, los frescos del techo de la Capilla Palatina de Roger II que, semejantes a los de baño fatimí de la zona de Abu al-Su’ud (Fustat) –expuestos en el Museo de Arte Islámico de El Cairo-, demuestran la amplitud de su influencia artística en la isla.

La pretensión de soberanía universal del califa se enfrentó pronto con la realidad de la situación política internacional. El poder fatimí se reveló demasiado débil para provocar la caída del califato abbasi de Bagdad y tampoco pudo mantener el control del norte de África y Sicilia. En cuanto al Estado dio muestras de debilidad, se desataron las ambiciones de sus enemigos: los gobernadores de Tiro y Trípoli proclamaron su independencia, los selyuquíes acabaron con la autoridad fatimí en Siria, y el gobernador del Magreb proclamó el abandono no de su adhesión a los fatimíes para abrazar la obediencia abbasí. Ante esta situación, las fuerzas cristianas no permanecieron impasibles. El rey normando Roger II invade la isla de Sicilia, donde pone fin a la soberanía fatimí en el año 1091. También el imperio bizantino encontró la ocasión propicia para pactar con los cruzados. Este acuerdo da comienzo a la primera cruzada sobre Egipto y Siria en 1097, y permite a los cruzados conquistar la mayoría de las ciudades de Palestina, los puertos y las ciudades del sur de Siria, e incluso llegar a la ciudad de Tanis, al sur del lago Manzala (Egipto). A partir de entonces, Egipto y Siria se convierten en el campo de batalla de las fuerzas islámicas, y se incicia la desaparición del Estado fatimí, que termina con el establecimiento de los reinos cristianos en sustitución de los emiratos islámicos en Siria.

En medio de este desconcierto, se instaura en Egipto el Estado ayyubí de la mano del general Salah al-Din al-Ayyubí (Saladino), que enarboló el estandarte de la lucha contra los cruzados –a quienes venció en numerosas batallas, y alcanzó una incontestable victoria en la batalla de Hattin (Palestina), en el año 1187. Después de este episodio, donde sucumbió el mayor ejército cruzado conocido hasta entonces, Saladino entró en Jerusalén, que llevaba noventa años en manos de los cruzados. No obstante, sus acciones no eran de carácter agresivo sino defensivo; Arnaldo el Cruzado había violado los tratados que había suscrito, atacaba sin cesar las caravanas comerciales de los musulmanes y constituía una amenaza para los dos Lugares Santos: La Meca y Medina. Las batallas entre musulmanes y cruzados se sucedieron con un intercambio constante de territorios y plazas, hasta que al-Malik al-Salih Nashm al-Din Ayyub completó la trayectoria de los ayyubíes y logró recuperar nuevamente Jerusalén en la batalla de Gaza, calificada por los historiadores como “Segunda Hattin” debido a la magnitud de la victoria obtenida por los musulmanes. Igualmente, al-Malik al-Salih hizo frente a la séptima cruzada, pero tanto él como el emir Fajr al-Din, general del ejército ayyubí, murieron antes del final de la batalla. Baybars al-Bunduqdari asume entonces la dirección del ejército e influge una estrepitosa derrota a los cruzados en al-Mansura (Egipto), en la batalla que fue descrita como “el cemeterio de los cruzados”. Turan Chah hijo de al-Malik al-Salih, apenas llegado procedente de Siria se cornó con la victoria. Todo el ejército cruzado cayó muerto o prisionero en Faraskur, y su jefe, el rey Luis IX de Francia (San Luis), fue hecho prisionero, conducido y encarcelado en la casa de Ibn Luqman, en al-Mansura. La determinación de Turan Chah de proseguir la lucha contra los cruzados fue truncada por su asesinato en 1250, año que marcó el final de Estado ayyubí. Aunque no fueron más de ochenta años, el gobierno de la época ayyubí queda reflejado en brillantes páginas de la historia del Egipto islámico.

Es durante este período cuando cuajan las condiciones para el establecimiento del Estado mameluco: la división y la debilidad de la dinastía ayyubí tras la muerte de Salah al-Din y el aumento de la presión ejercida por los cruzados sobre sus posesiones en Siria hicieron que los gobernantes ayyubíes recurriesen a la formación de un poderoso ejército para hacer frente a los ataques a los que se vieron sometidos. Para constituir éste ejército compraron un considerable número de esclavos, que adquirieron una inesperada influencia en el curso de los acontecimientos hasta llegar a ser la causa directa del derrocamiento de al-Malik al-‘Adil, último gobernante ayyubí. Instalados en la isla de Rawda, al sur de El Cairo, estos esclavos se apropiaron del gobierno de Egipto y lograron las más impresionantes victorias ante los mongoles y cruzados.

Con los sultanes mamelucos Egipto sufre una nueva y brutal revolución, a la que se suman los ataques de los cruzados que los últimos ayyubíes son incapaces de frenar. Baybars funda así un régimen que se mantendrá por espacio de casi tres siglos y que presenta características sumamente originales: soldados turcos o circasianos que apoyan un poder no hereditario hasta finales del siglo XIV, soldados que se esfuerzan por crear el segundo gran imperio del Egipto moderno. Al margen de la estabilidad del poder, los mamelucos supieron garantizar la prosperidad y la grandeza de Egipto y El Cairo, en particular durante el siglo XIV. Los mamelucos, una enorme legión extranjera protectora del califa abasí y de las dos ciudades sagradas de Arabia, acaban formado parte de la historia Egipcia y expresando su genialidad en sus magníficos palacios y mezquitas. Tras su derrota ante los otomanos, no cesaron de imponerse como auténticos señores del país hasta la llegada de Mohammed Alí, en el siglo XIX.

El hundimiento del régimen mameluco tras el golpe de los otomanos convierte a Egipto de nuevo en una provincia. Este estatuto jamás se verá tan claramente afirmado como en esta época. Lo otomanos desconfían de la aspiraciones de autonomía de Egipto e imponen a un administrador que no controla a los soldados. Egipto vive así épocas de crisis o largos periodos de prosperidad. Pero el poder recae de nuevo en los baybars de El Cairo, apoyados por milicias entre las cuales el cuerpo de los mamelucos recupera buena parte de su poder. En el siglo XVIII, los mamelucos son los auténticos amos del país. Egipto interpreta entonces un papel secundario en la historia del Mediterráneo oriental, pese a lo cual su prosperidad económica no decae, como demuestran tanto los libros de contabilidad de los comerciantes locales como la arquitectura. La precoz apertura económica de Egipto a Europa es igualmente característica de esta vitalidad sostenida. Sin embargo, la anarquía en la que se ve sumido el país durante la segunda mitad del siglo XVII, con la toma del poder por Ali-Bey, sitúa el país al borde de la asfixia. Cuando aparece la flota de Bonaparte, el 1 de julio de 1978, la sorpresa es total, y el último bajá otomano tiene el tiempo justo para abandonar el país.

La presencia francesa en Egipto permite ante todo consumar la ruptura con Estambul, si bien oficialmente Egipto sigue siendo una provincia otomana hasta 1914. De este modo se facilita la implantación de los primeros elementos de una administración centralizada y se toma conciencia de la importancia del pasado nacional. La ocupación es, sin embargo, demasiado breve para marcar al país de forma duradera. Los mercenarios enviados por Estambul tienen la misión de restablecer mínimamente el orden. Uno de ellos toma el poder tras la retirada de las tropas: Mehmet –Ali 1769-1849, hijo de un comerciante de tabaco, originario de Cavala, en Epiro. La historia de Mohammed Ali es la de un jefe mercenario que no consigue llegar a emperador… pero si a rey.

Mezquita de Mohammed Ali

Tras eliminar a los últimos mamelucos, Mohammed Alí se presenta primero como fiel servidor del sultán. Combate a los herejes wahhabiés en La Meca, restaura la autoridad en el conjunto de Egipto y conquista Sudán. A partir de 1819 se propone crear un ejército conquistador, destinado oficialmente a restablecer la autoridad del sultán en Grecia y Siria, aunque su verdadero objetivo era conquistar el conjunto del imperio otomano. Las reformas emprendidas en Egipto son fundamentales y hacen de este país un auténtico modelo de desarrollo económico y social. Pero el avance Sirio desencadena finalmente una reacción internacional. Apoyado por Gran Bretaña, el sultán consigue la rendición de Mohammed Ali. A cambio le ofrece ser virrey hereditario de Egipto. Su dinastía se mantendrá hasta 1952.

Los sucesores de Mohammed Ali están prisioneros de las nuevas relaciones internacionales. Las fronteras, abiertas por un tratado de libre intercambio, no consiguen proteger la economía nacional. La apertura del canal de Suez, sume al país en una dependencia económica que se ve aún más agravada por el boom algodonero. En 1869 las fiestas de inauguración del canal de Suez marcan paradójicamente el fin de una experiencia. Las finanzas de Egipto quedan bajo tutela franco-inglesa. La reacción nacional acelera el desenlace: el gobierno británico ordena el bombardeo de Alejandría y ocupa El Cairo.

 

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