El Valle de los Reyes

Valle de Egipto, en la región tebana de Deir el Bahari. Lugar elegido como sepultura por los monarcas del Imperio Nuevo desde Tutmosis I. En este Valle se ha encontrado abundante mobiliario funerario en sus hipogeos, decorados con relieves o frescos. EL Valle de los Reyes, que los árabes denominan Biban el-Moluk (esto es, “las puertas de los reyes”) debido a que en las paredes rocosas del valle se abren las entradas de varias tumbas, es una profunda erosión de la piedra caliza de la cordillera libia y su dirección principal es de norte oeste. Los antiguos egipcios le daban nombres diversos tales como ta sejet aat., “Campo Grande” o “la hermosa escalera del oeste”, pero su nombre oficial era “la grande y augusta necrópolis de los millones de años del faraón Vida Fuerza Salud en el oeste de Tebas”.

El cementerio de los Reyes del Imperio Nuevo

Hoy en día el acceso al valle, cuya longitud es de varios kilómetros, se efectúa por una carretera ancha y asfaltada que sigue el antiguo camino que se usaba en la era faraónica y que recibía el nombre de “el camino donde se pone Ra”. El valle se divide sucesivamente en dos ramas: la del oeste lleva el nombre de Valle Occidental, además de Valle de los Monos, y alberga cuatro tumbas, dos de las cuales son reales y pertenecen a los faraones Amenhotep III (WV núm. 22) y Ay (WV núm. 23), mientras que la rama principal, que se encuentra en la extensión de la carretera de acceso es la que comúnmente se llama “Valle de los Reyes”, y encierra 58 tumbas. Domina el Valle de los Reyes la Cima Tebana, que los nativos llaman el-Qurn, “el Cuerno”, debido a su curiosa forma piramidal, que en la antigüedad se identificaba con la serpiente-diosa Mertseger, “la que ama el silencio”.

El Valle de los Reyes en una famosa litografía de David Roberts, uno de los principales pintores orientalistas británicos del siglo XIX. Roberts viajó a Egipto y al Próximo Oriente en 1838-1839

Probablemente la presencia de tal elemento geomorfológico, que recuerda claramente la pirámide, peculiaridad de los entierros reales del Imperio Antiguo, fue lo que impulsó a los primeros faraones de la XVIII dinastía a escoger este impresionante lugar, abrasado por el sol del desierto, para levantar en él sus moradas eternas. Sin duda alguna, a este motivo religioso y ritual hay que sumar otra más práctico: a causa de su posición y su conformación geográfica, el acceso a este valle era difícil y, de todos modos, fácilmente podía supervisarlo el Medjay, el cuerpo de policía especial al que se confió la vigilancia de las necrópolis. Es difícil averiguar quién fue realmente el primer faraón que se hizo enterrar en el valle, aunque, al parecer, fue Tutmosis I, que ocupa la tumba KV núm. 38. Con todo, es posible que esta tumba se preparara más adelante, en tiempos de Tutmosis III, que quizá hizo trasladar a ella el sarcófago del primero de los tutmósidas, ya que los objetos que se encuentran en ella datan de los tiempos de Tutmosis III. Una de las tumbas más antiguas, cuando no la más antigua, es sin duda la tumba gigantesca e insólita que Hatshepsut hizo construir para si misma y su padre, Tutmosis I (KV núm. 20). Sin embargo, no puede descartarse la posibilidad de que el hipogeo fuera destinado a Tutmosis I desde el principio y que luego Hatsehpsut ampliara el proyecto original. En todo caso, en tiempos de Hatshepsut y Tutmosis III, el Valle de los Reyes se convirtió en el cementerio de los faraones tebanos y continuó siendo la necrópolis real hasta el final de la XX dinastía, para ser precisos hasta la época de Ramses XI, que fue el último faraón al que enterraron allí. En contra de la creencia general, las entradas de las tumbas reales no estaban escondidas sino que se veían claramente, y la policía de la necrópolis, además de vigilar el camino que conduce al valle, inspeccionaba con regularidad las entradas de las tumbas para comprobar que los sellos colocados en el momento del entierro siguieran intactos.

Sello Real en la tumba de Tutankhamon

Por desgracia, muy pronto resultaron inútiles todas estas precauciones. De hecho, durante un difícil e inseguro período de inestabilidad política y social como el que se produjo al finalizar el reinado de Ramses III y que empeoró hasta el final de la dinastía, los numerosos tesoros acumulados en las tumbas fueron objetos de robos y saqueos cada vez más frecuentes. En vista de ello, se decidió no continuar usando el lugar, toda vez que para entonces los ladrones y los saqueadores lo conocían demasiado bien. Los sacerdotes trasladaron las momias reales a lugares más seguros y mejor disimulados (tales como Deir el Bahari) con el fin de evitar su profanación. Por los papiros que hacen referencia a los robos perpetrados en las tumbas en tiempos de la XX dinastía, tales como el Papiro Abbott, sabemos que ya en aquel tiempo se habían violado muchas tumbas privadas y reales: la tumba de Tutankhamon constituye una feliz excepción, pues había quedado cubierta por los escombros de la excavación de la tumba de Ramses IV. Situada por encima de su entrada. El silencio reinó en el valle durante muchos siglos, hasta la era ptolemaica, durante la cual llegaron los primeros “turistas” griegos y romanos el historiador Diodoro de Sicilia que estuvo en Egipto en el año 57 a. C., escribe; “Dicen que estas son las tumbas de los reyes antiguos; son magníficas y no dejan a la posteridad la posibilidad de crear algo más hermoso”, y en las paredes de la tumba de Ramses IV, por ejemplo, pueden verse numerosas inscripciones que dejaron allí los turistas del periodo romano. Luego el silencio volvió a descender sobre ese lugar sagrado y allí permaneció hasta los tiempos del jesuita Claude Sicard, que estuvo en Egipto entre 1708 y 1712, identificó el emplazamiento de la antigua Tebas y redescubrió las tumbas del Valle de los Reyes. Más adelante, en 1734, el clérigo inglés Richard Pococke visitó el valle y trazó el primer plano del mismo, en el cual aparecían dieciocho tumbas, sólo la mitad de las cuales eran accesibles.

Los dos arpistas de la tumba de Bruce en un dibujo de John Wilkinson, que viajó a Egipto entre 1824 y 1836, visitó todos los grandes yacimientos arqueológicos y publicó numerosos libros, entreo los cuales esta una obra monumental titulada Manners and Customs of the Ancient Egyptians. A Wilkinson debemos la primera numeraciónde las tumbas del Valle de los Reyes

Posteriormente, el escocés James Bruce exploró la tumba de Ramses III, en 1769, y los eruditos que sigueron a la expedición de Napoleón en 1798 descubrieron la tumba de Amenhotep III (WV núm. 22) en el Valle Occidental y llevaron a cabo la primera inspección científica del lugar. Varios años después en 1817, descubrió las tumbas de Ramses I (KV núm. 16), Seti (KV núm. 17) y Ay, esta última en el Valle Occidental (KV núm. 23). Estos descubrimientos excepcionales fueron seguidos de los que tres años más tarde hizo el inglés James Burton, que encontró dos tumbas sin inscripciones y una tercera (KV núm. 5) que atribuyó al príncipe Meriaton, “el amado de Aton”, hijo de Ramses II.

Entre 1824 y 1830, en los años posteriores al descifre de la escritura jeroglífica , John Gardiner Wilkinson trabajó tenazmente en el Valle de los Reyes identificando y dando por pirmera vez a las tumbas una numeración que aún se usa en nuestros días. Entre 1820 y 1850 el valle fue el objetivo de científicos, viajeros y artistas, entre ellos Jean-Francois Champollión, Ippolito Rosellini, Robert Hay y Richar Lepsius, pero no se registraron nuevos descubrimientos hasta 1989, año en que el francés Victor Loret dio con dos nuevas tumbas, la de Tutmosis III (KV núm. 34) y la de Amenhotep II (KV núm. 35). En 1899 descubrió la de Tutmosis I (KV núm. 38), mucho más pequeña y más modesta. Finalmente, en 1903, Howard Carter descubrió la tumba de Tutmosis IV (KV núm. 43) y, en 1905, Theodore Davis encontró la tumba intacta de Yuya y Tuya (KV núm. 46), los padres de la reina Tiyi, esposa de Amenhotep III. En aquel mismo periodo Edward Ayrton descubrió las tumbas del faraón Siptah (KV núm. 47) y de Horemheb (KV núm. 57), y el último gobernante de la XVIII dinastía.

Al cabo de los pocos años en 1922, Carter descubrió la última tumba real del valle, la única sepultura real que había permanecido prácticamente intacta: la muy famosa tumba deTutankhamon (KV núm. 62). Cronológicamente, el último descubrimiento tuvo lugar en febrero de 1995, al encontrar Ken Weeks, de la Universidad Norteamericana de El Cairo una serie de cámaras nuevas para los hijos de Ramsés II en la tumba situada enfrente de la de Ramses II (KV núm. 5), que Burton ya había visitado en 1820 y de la cual prácticamente no queda ningún rastro. Esta nueva sección de la tumba, que estaba preparada para los hijos de Ramses II, cambia básicamente nuestro conocimiento de la arquitectura funeraria de los ramésidas y hace que esta extraña tumba, con su planta en forma de T y una serie de 67 cámaras encontradas hasta ahora (cifra que puede aumentar cuando se haya explorado un piso inferior), sea la mayor de todas las tumbas del Valle.

 

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